La primera edición de La Mar fue financiada íntegramente por su autor, Ignacio Balcells, y el tiraje fue sólo de 500 ejemplares. La segunda edición, financiada por uno de sus grandes amigos y tan amante del mar como él, fue publicada póstumamente, y su tiraje fue también de sólo 500 ejemplares. A cinco años de su muerte y por considerar que una obra tan importante no puede ser olvidada, los invitamos a redescubrir, a través de una selección de sus páginas, el mar de Chile y de sus habitantes costeros bajo la visionaria luz de la poesía.




II - 18. EL TEATRO MARINO

II
POR LA COSTA DEL NORTE

18   EL TEATRO MARINO

     ¿Quién podría saltarse en un viaje de reconocimiento un puerto llamado Oscuro? ¿Y si se hubiera llamado Puerto Claro? Probablemente también me hubiera detenido, aunque a descubrir oscuridades. Quien llama claro un lugar de la costa incurre, a priori, en un error; quien lo llama oscuro acertará siempre, aunque sólo sea porque el mar en la costa se llena de solapas. Y si bahías, penínsulas y golfos no son llamados oscuros con mayor frecuencia es porque nadie gusta de hacerle el juego al mar, nadie entrega así como así un paraje terrestre firme como la luz a esa otra forma de la noche que es el mar costero.
     Disminuí la velocidad, salí de la carretera, abrí un cerco alambrado, entré a un campo y seguí una huella que bordeaba el lecho de un arroyo. Bajo un pabellón de sauces llorones, pasé junto a un tranque donde una garza inmaterial se desprendió de su reflejo. Luego subí una ladera abrupta contorneándola hacia el oeste y finalmente entré por arriba, como quien dice por el paraíso, al teatro de Puerto Oscuro. Abajo, el proscenio líquido lucía desierto pero brillante, como si la función fuera a comenzar en cualquier minuto. Una única corrida de palcos con techos, puertas y vidrieras no parecía ocupada por ningún espectador. Al fondo del escenario, mucho más allá de dos paredes rocosas enfrentadas como edificios por sobre un angosto canal azul, un breve tramo de horizonte marino limitaba infinitamente la escena. La entrada en escena de un punto aparecido en ese horizonte, su avance desde la borrosa lejanía hasta llegar al proscenio orillado de olas ha de ser un acto tan prolongado, tanto tiempo debe demorar el punto en convertirse en bote, yate o goleta, detenerse y anclar, que los espectadores de la obra deben ser los seres más pacientes de la tierra. Porque en el teatro de Puerto Oscuro, la entrada o la salida de las figuras flotantes es, como en todos los puertos de la tierra, la totalidad de la representación.
     ¿Qué hubo antes: puertos o teatros? ¿tripulaciones o elencos? ¿capitanes o protagonistas? ¿Qué se construyó antes: tablas para representar la tierra en la haz de las aguas o tablas para representar la vida en la haz de las almas? ¿Dónde hubo antes espectadores, en las costas o en las plateas? Cuando Lucrecio canta: “Dulce es mirar, desde tierra, la ruda brega ajena en alta mar con los vientos que arrebatan las olas, y no por lo de que en sufrir otro un lance hay jocoso deleite; sino porque, libre tú de esos males, dulce es mirar”: ¿qué está contemplando el poeta, el naufragio de un barco o la catástasis de un drama? ¿qué es esa dulzura que experimenta sino catarsis?
     Y aun cuando no haya naufragio o desenlace: ¿no es acaso dulce la contemplación del paso de un barco por el agua? ¿No dice Dante que el mismo Neptuno admiró la sombra de la nave Argo? Acostumbrada a los cantos que ruedan, Tellus soporta el automóvil; Júpiter admite el avión como admite los celajes; pero Neptuno admira el barco porque éste no se compara con nada que conozca; nada, excepto el barco, se yergue y arroja sombra en la haz de sus aguas.
     “Antes de que hubiera naves los mares languidecían en inerte somnolencia”, canta Estacio. Y si en su formulación substituyo “naves” por “puertos” y “mares” por “costas”, y declaro: “Antes de que hubiera puertos las costas languidecían en inerte somnolencia”, ¿distorsiono al poeta? Y si voy un paso más allá y substituyo “puertos” por “teatros” y “costas” por “ciudades” y declaro: “Antes de que hubiera teatros las ciudades languidecían en inerte somnolencia” ¿distorsiono acaso al poeta? La nave despierta al mar, el puerto a la costa, el teatro a la ciudad: luces de Puerto Oscuro.
     Aquí, por primera vez en el viaje me hallo en un sitio donde echo de menos una casa; donde a ojos vista hay que tener palco con mesa, cocina y cama para asistir a la obra local. Escribiendo, comiendo o soñando en una pieza de madera llena de nudos durante quién sabe cuántos solitarios y silenciosos días, yo vería a través de una salpicada vidriera la obra sin trama, trance ni fin, la obra limitada a la pura máquina, a la pura intervención de unas embarcaciones sobrenaturales en la ensenada angosta. Y en la noche, tendido en la cama, oiría el fragor de la tramoya ardorosa de las olas, y recordaría con pena no exenta de desdén a los que no estuvieran presentes, a los que no asisten a la obra de Puerto Oscuro, a todos los que por ignorancia, miopía, abulia o infortunio se pierden Puerto Oscuro diseminados en el descomunal foyer del continente. Y habría imaginado que la mitad de ellos gemía o rechinaba los dientes y que la otra mitad no acababa de repetir: “¿Has visto? ¡Balcells en Puerto Oscuro!” Y en mi palco oscuro y rumoroso yo habría susurrado: “Sí, heme aquí de por vida”.
     Así mi vida en Puerto Oscuro habría brillado lejos; y Puerto Oscuro en mi presencia habría cambiado de oscuridad.

II - 17. EL TENTEMPIÉ ESENCIAL

II
POR LA COSTA DEL NORTE

17   EL MANCO Y EL DIABLO

     Hace catorce años un tiro de dinamita se llevó la mano, el antebrazo y parte del brazo que, de no ser así, hoy el tío Lucho me habría extendido cortésmente. ¿O fue su desgracia la que le enseñó maneras? Por no dejar la mía extendida en el aire, la tomó con su mano única y la soltó algo después de lo que se estila entre hombres ilesos. Las otras seis o siete manos que en esa apartada caleta podrían haber estrechado la mía, y que pertenecían a hombres con dos, no dejaron sus tareas, sus cigarrillos o sus bolsillos. Tampoco les tendí la mía.
     En verdad, Puerto Manso no era un lugar al que uno llega estrechando manos. Excavada en el borde de una llanura yerma, la caleta parecía un escondite, un hoyo que nadie encontraría a menos que anduviera buscando un sitio donde no pudiera ser encontrado. Y de prófugos era el aire de sus pescadores. A no ser por el tío Lucho o, mejor dicho, a no ser por la mano que faltaba en Puerto Manso y que, potente como la de un hechicero, había convertido a uno de los salvajes en persona con su sola desaparición, yo no habría podido detenerme en el lugar, no habría oído una palabra dirigida a mí.
     La mano perdida; la mano que lo había dejado con un cuerpo mil veces más torpe, ante un mar mil veces más difícil y entre unos hombres mil veces más duros; la mano cuya deserción, catorce años después de ocurrida, aún hería su amor propio como la de una esposa que lo hubiera dejado por un nadie; esa mano suya, presente pero invisible, aferraba al tío Lucho y lo obligaba a cantar ante el primer venido la fea historia de su mutilación sin permitirle intercalar ni una disculpa, ni una queja, ni un suspiro. Así, al oír a un manco uno escuchaba a una mano. Y la mano refería cómo había cogido un cartucho de dinamita con la mecha encendida; cómo lo había alzado sobre la cabeza y más atrás; cómo se había aprestado a lanzarlo a las aguas llenas de merluzas; cómo había estallado el cartucho antes de tiempo; cómo habían volado sus uñas, sus carnes y sus huesos y ensangrentado el agua alrededor del bote. Tiempo después, ya convertida en una mano invisible, había buscado sus dedos en las mangas derechas de los vestones, en los bolsillos, en las asas, en el talle de las mujeres. Convencida al fin de su falta había decidido hablar. Y ahora, cada vez que algún forastero se acercaba al manco y reparaba en su muñón, ella salía a la luz, se alzaba y volvía triunfalmente a volar como si el viejo error que la había aniquilado fuera el colmo de la destreza para una mano de palabras.
     Mientras escuchaba al pescador, yo me decía: ¿cómo no ha cambiado de oficio después de perder una mano y ganar semejante labia? Vendedor ambulante: ¿qué artilugio no vendería? Mendigo callejero: ¿quién le negaría una limosna? Adivino de población: ¿cuántas mujeres no harían cola para que les leyera las manos? Si seguía dedicado a la pesca, ¿no sería porque esa mano que había sido suya cuando ra de carne lo obligaba a hacer las mismas cosas siempre para brillar por su ausencia, para faltarle a sus anchas?
     Para mostrarme su habilidad, el tío Lucho componía una red valiéndose de la zurda y de los dientes. Mas yo miraba fascinado la manga vacía de su chaqueta que, agitada por el viento, amagaba ademanes imperiosos como si la llenara el brazo de otro ente, de un amo invisible que  tenía al manco por siervo para que atendiera las miserables cosas que son de ver. De súbito me di cuenta de que en todo Puerto Manso había una parte que no podía verse, dominio del amo de la manga vacía. En el leve olor a podredumbre de la quebrada guardado en una urna de nubes puras; en las caras humanas y los escorzos lobunos de los pescadores; en las sombras resbaladas de sus chozas; en sus botes que yacían como animales desjarretados. Incluso en el nombre de la caleta. Porque en el letrero de mala muerte en que lo leí, no decía Manso sino Manzo, con una ceta; ceta ésta que se apartaba tanto de lo común que, lejos de considerarla un error o una demasía ortográfica, comprendí que había sido escrita para salir de un terrible apuro, para no tomar partido entre una ese y una ce, para no zanjar entre Puerto Manso –nombre neto, añoso y amable– y un nombre inaudito que debió tentar al letrerista hasta el límite de sus fuerzas: el duro, avieso, demoníaco nombre de Puerto Manco.
     Al irme de allí… ¿quién de los dos sería el que me invitó a regresar: el siervo lisiado o el amo de la manga vacía? Ese día creí que había sido el tío Lucho, y lo oí con gran placer. Semanas más tarde, cuando venía de vuelta del norte y llegué a la altura de Puerto Manso, recordé la invitación pero ya no estuve tan seguro acerca de su proveniencia. Hice un alto al borde de la carretera y traté en vano de recordar la cara del pescador. En cambio su voz resonó en mi memoria; una voz que salía de una garganta más honda que la hondonada en donde la había escuchado; una voz que, en verdad, yo no quería volver a oír en mi vida; una voz de otro tío…

          Todos somos sobrinos del Diablo al nacer;
          al morir son contados los hijos de Dios.

          La Tierra es primeriza cada vez que espera;
          tiembla de miedo cuando el día se avecina,
          rompe aguas y nos pare antes de tiempo siempre
          y el mal que nos hace la luz es tan profundo
          que nadie excepto el Tío nos estima viables.

          Somos los prematuros que pare la Tierra
          y que el Diablo incuba en sus bolsillos sin fondo
          durante el sueño que llamamos una vida.

          Dios no se ve; la Tierra es fosca; el Diablo un lince:
          no ver al Padre, ver apenas a la Madre,
          y ser vistos por el Tío es nuestro acerbo.
          Mas por mucho que el Padre de todos se oculte,
          que la Madre de todos se desembarace,
          y que el Tío no tenga a nadie por oscuro,
          tú y yo no seremos siempre semejantes.

          Sabrás que yo, que no soy tú que estás leyendo,
          yo escribo para ver si un día me distingo,
          yo escribo para ver si un día me distingues,
          para ver si el Diablo deja de esclarecerme,
          la Tierra de resumirme y a Dios extraño. 

II - 16. EL TENTEMPIÉ ESENCIAL

II
POR LA COSTA DEL NORTE

16   EL TENTEMPIÉ ESENCIAL

     Trastabillé por entre rocas filudas y cactos nimbados de espinas y fui a parar a una orilla extraña. Punta Lobería parecía un salón monumental en el que una tribu de vándalos había celebrado jaranas inimaginables. Su pavimento de rocas estaba cubierto de grandes conchas blancas manchadas de vómito lila que sonaban como ocarinas cuando las pisaba. Pasé por entre pedestales que habían perdido sus colosos, secciones de artesonados fósiles, cornisas brotadas de algas, muros con nichos vacíos y llegué hasta un enorme umbral en donde el mar aún se presentaba flordelisado de espuma. A ambos lados estaban posadas aves con las alas desplegadas como en los blasones.
     Aparte de la destrucción inmensa, de la tribu de mariscadores no quedaba más rastro en el paraje que una hilera de rucas hechas con varas de eucaliptus y láminas de polietileno negro que chasqueaba cerca de la orilla. A través de sus roturas examiné los interiores vacíos; en todos había basura añeja y sin olor, y uno que otro harapo. Bajo uno de los toldos, sin embargo, había una mesa chica, destartalada y mugrosa con tres patas metidas en la arena y sobre ella una ollita cubierta de tizne.
     Por la sola circunstancia de hallarse todavía arriba de la mesa y no tirada en un rincón con las basuras, la ollita parecía contener un concho de humanidad, un tentempié esencial que el tiempo no había pudrido y que yo comí con mis ojos gozosamente. Y que no me animé a tocar. Algún día le haría falta a alguien. Algún día otro transeúnte abrumado por la desolación de Punta Lobería descubriría la ollita puesta sobre la mesa y se recobraría. Se esfumaría de su mente la horrible escena que el sitio inspira protagonizada por una manada anfibia compuesta de machos y hembras negros, lívidos, requemados por el sol y la sal; una manada de feroces animales que esparcidos en las aguas las registran con emperramiento infatigable; que tienen una especie de voz articulada, y que cuando salen del mar andando sobre sus extremidades inferiores presentan una cara humana; que al caer la noche se esconden en sus guaridas donde engullen algas y moluscos que no han sembrado ni cultivado. ¡Salvaje visión borrada de mi espíritu gracias a dos trastos insuperablemente yuxtapuestos!
     Contemplé largo rato la mesa destartalada con la ollita negra encima. Viajas, me dije, para encontrar tesoros como éste. He aquí la joya que nunca habrías imaginado en casa y que ningún amigo podría regalarte. Y sin embargo no viajas para ver, ni ves para creer. Al contrario: el mundo se extiende delante tuyo para ahorrarte un corazón, para que viéndolo todo no tengas nada en qué creer. Cuando de repente crees, cuando reconoces como ahora un tesoro, no lo reconoces porque haga contraste con la desolación visible –como un anillo en el fango– sino porque la desolación visible te ciega de repente en un punto. Así, aquí, ahora, la palabra desolación desaparece junto con tu vista y este tesoro en el que crees a ciegas exige el sol de una nueva palabra para dejarse ver. Y tú escoges –¿qué otra?– la palabra hospitalidad. En virtud de tal palabra, la mesa y la ollita abandonadas son la mesa y la ollita preparadas, y el mundo desolado de Punta Lobería es un mundo en ciernes.
     Del Ulises que combatió en Troya dos poetas –Demódoco y Femio– cantan las hazañas: ninguno de los dos estuvo en aquel sitio. No haber estado presentes y, sin embargo, cantar como ellos lo hacen es la prueba conmovedora del amor que les tiene la Musa. Porque los ama, la Musa mantiene a sus poetas lejos del sitio donde impera la fuerza; porque los ama, les inspira un canto que salva la distancia.
     Pero el otro Ulises, el de la errancia por los mares, no tiene un poeta que lo cante. Ningún Femio acomodadizo ni ningún Demódoco invidente canta su paso entre Escila y Caribdis, su visita al país de los difuntos, sus amores con diosas: Ulises mismo los canta. Es que a diferencia de la Fuerza (tema esencial de la Ilíada según Simone Weil) que sólo puede ser cantada transportándose, la Hospitalidad (tema esencial de la Odisea a mi parecer) sólo puede ser cantada de cuerpo presente.
     En la Odisea, Ulises quiere regresar de Troya a su patria, Itaca; pero a éste propósito inicial, el héroe superpone otro inconmensurable. Ulises quiere convertirse en el testigo de Zeus Xenios, el Zeus de los forasteros y los suplicantes; Ulises quiere ser el huésped de todos los seres dotados de palabra, de los reyes y los porquerizos, de los vivos y los muertos, de los mortales y los inmortales; Ulises quiere dar al mundo el orden de la Hospitalidad.
     Su transformación de héroe de la Fuerza en héroe de la Hospitalidad (que, bien entendido, no excluye la fuerza, como lo atestiguan el ojo saltado del cíclope –ese anti-huésped– y los cuerpos asaeteados de los pretendientes de Penélope –esos pseudo huéspedes-), su transformación de guerrero en poeta se manifiesta como un despojamiento. Sólo el día en que queda despojado de todo: de secuaces, de embarcación, de armas, de ropa, de vigor, de gracia, de astucia, Ulises encuentra su Musa bajo la figura de Nausicaa y, acogido como un huésped por ella, rompe por fin a cantar.
     Gracias a Ulises, la hospitalidad es a la lejanía lo que la fuerza es al sitio. Pero hoy, que la fuerza copa la tierra, aunque nos desplacemos sitiamos. Así, dondequiera que vayamos vemos los sitios desde el punto de vista de su toma, de su ruina. El viaje mismo es, en cierto modo, un pecado en contra de la hospitalidad. Hoy un hombre viaja porque sospecha, porque no cree lo que le han contado, porque su corazón no es capaz de hospedar una tierra de oídas. Ver con sus propios ojos se dice “autopsia”. Y esta palabra que designaba el examen personal de lo lejano no por casualidad designa hoy el examen que se emprende cuando nos huele mal una muerte, cuando nos huele a fuerza. Así en mi caso debo decir que salí por la costa de Chile porque una lejanía amada llegó a sonarme tan hinchada, helada y hueca que no pude sino emprender su autopsia. La emprendí, y cuando en el mundo ido al suelo hallé una olla sobre una mesa, vi el rastro de una mano que no había sido movida por la fuerza y me apresuré a reconocerla en nombre de la hospitalidad. ¡Milagro! ¿Cómo no creer que esa olla está puesta para mí? ¿Cómo callar el eureka (que no existe) del poeta, y el salve (que ya no existe) del huésped al servirme de esa olla en Punta Lobería?

II - 15. LA PELIRROJA OVÍPARA

II
POR LA COSTA DEL NORTE

15   LA PELIRROJA OVÍPARA

     Como si buscara sus dientes perdidos, la pelirroja fue acercándose minuciosamente por la orilla del mar. Avanzaba con la cabeza gacha, los pasos vagos y tal aire de hallarse a solas que casi me convence. De trecho en trecho se ponía en cuclillas, excavaba sin mucho afán y me observaba de reojo. Un par de veces la vi volverse hacia su guarida: ¿qué sería de sus niños? Cuando llegó a situarse entre el mar y yo, me incorporé y la llamé. El ruido de las olas le impedía, al parecer, escucharme. Lo pensé mejor y del baúl de provisiones que llevaba en el furgón cogí una caja de huevos (la noche pasada había decidido excluirlos de mi dieta) y con ella en las manos me dirigí resueltamente hacia la mujer.
     Cara al mar y de espaldas a mí, ésta parecía más interesada que nunca en lo que tenía a sus pies. Quien anda por la arena lo hace, quieras que no, silenciosamente; por esto, al aproximarme a la pelirroja sentí que iba entrando, paso a paso, en su juego. Me detuve antes de alcanzarla. Abrí la boca, pero no fui capaz de hablarle. Podría haberla tocado extendiendo el brazo. La intrepidez de la mujer que seguía vuelta hacia el mar pese a mi resuello acabó por seducirme. Pasó un minuto. El temor de que ella flaqueara; el temor de verla volverse hacia mí y simular penosamente sorpresa, o susto, o cualquier otra emoción indigna; el temor de que ella desbaratara con su mirada y su voz el juego que hasta ahí había conducido con maestría; el temor de verme obligado a responder por mi proximidad silenciosa; el temor de verme rebajado en cuanto ella posara sus ojos en mí; todos los temores que van con un juego que comienza an-tes de que se conozcan sus reglas, de repente, como por arte de magia, se esfumaron. La pelirroja no se volvería jamás.
     Cuando nie convencí de esto, cuando admití que ella se había plantado de una vez por todas en su esfinge, la caja de huevos que había pensado regalarle se volvió obscena, me quemó las manos. ¿Qué hacer con ella? Sigilosamente di un paso atrás. La pelirroja siguió inmóvil y con la cabeza inclinada. Observé su figura implacable hasta que al fin, con inmenso alivio, descubrí que la esfinge no estaba concluida, que todavía era demasiado humana. Entonces avancé un paso, me puse en cuclillas, tracé con un dedo una redondela en la arena mojada rozando sus talones y dentro de ella puse doce huevos blancos. Luego me levanté, corrí casi sin tocar la playa hasta el furgón, metí adentro caja, cuaderno, libro y silla portátil, trepé a la cabina de un salto, eché a andar el motor y... En ese momento oí agudos chillidos, y pese a que había jurado no hacerlo, volví la vista. A la vera del mar, una enorme pájara-niña de cabeza bermeja brincaba alrededor de un nido radiante.
     Durante el resto de su viaje, durante su vida entera Ignacio Balcells va a mirar hacia atrás aun cuando jure no hacerlo. Las maravillas que así vea no eclipsarán su culpa. Le será difícil, sino imposible, celebrarlas; querrá describirlas; acabará confesándolas. Por esto unas palabras antiguas le resultarán siempre consoladoras: "No cantaríamos a los dioses si no los hubiéramos ofendido".
     Ahora mismo Balcells va a salir de la playa de Chigualoco a la carretera; va a salir de la carretera de nuevo, un poco más al norte; va a subir por una mala huella al promontorio arbolado que limita Chigualoco por el norte, y desde su cima va a mirar por segunda vez hacia atrás para ver si la pelirroja sigue junto al nido. Colgado de un pino en el borde del acantilado verá estelas de olas casi inmóviles, casi silentes, y en la larga cancha de arena verá una mosca y dos mosquitos que titubean.
     Imagina entonces que en su viaje va erigiendo torres, y que a cada tanto mira hacia abajo para apreciar la altura alcanzada. Torre de Chigualoco: tres pisos. Primero: pelirroja desdentada; segundo: pájara-niña clueca; tercero: mosca con dos mosquitos. Piensa que escribe un diario de viaje para hacer de las torres sucesivas una sola muy alta, tan alta que sobre su fundamento. Piensa que en Babel los constructores no querían alcanzar el cielo, querían separarse de la tierra; que desde su punta no veían ni seres humanos ni escuchaban palabras: escuchaban jerigonzas, veían escarabajos.
     La angustia de la altura que gana cada vez que mira hacia atrás se le hace, de pronto, insoportable y Balcells se echa barranco abajo, ágil como un suicida. Mas no irá a parar a la playa que dejó, no se encontrará nunca más con la pelirroja.

II - 14. EL TRONO DEL POETA

II
POR LA COSTA DEL NORTE

14   EL TRONO DEL POETA

     "Nasho", volví a llamarme cuando vi que una gaviota cogía el corazón ennegrecido de la manzana y se lo llevaba volando: "anoche pronunciaste tu apodo con una ese sibilante, igual a la de Basho. Hoy no la tendrás gratis. Si quieres ganarte esa ese tendrás que meter en tres breves versos Chigualoco, la pelirroja, la luna del cielo y la luna de la manzana, todo tal como lo habría escrito tu poeta nipón andarín".
     Instalé la sila plegable en la arena frente al mar y a la luz del cielo nublado me puse a escribir. Once poemas escribí de tres versos. No quedó ninguno. Los versos no pasaron por el castellano más que para declinar mis atenciones. Y así fue cómo me vi obligado a reconocer que la luna de la manzana era un presente de Basho, no un hallazgo mío.
     Con los pies medio enterrados en la arena, el archivador de hojas blancas en una mano, el lápiz de pasta azul en la otra y en la falda el libro de Basho abierto en el pasaje en que habla de la playa de Matsushima, me quedé parpadeando largamente. Tuve una hora de alegría augusta. El poeta es un hombre que no sabe, hasta que se encuentra sentado en él, dónde está su trono. Los demás lo saben, se descrisman por sus tronos, mas cuando los ocupan los desconocen, no se hallan. Un poeta puede creerse poeta porque se sienta a escribir versos; es realmente poeta porque se sienta a escribir en una de las playas de Chile una mañana nubosa y de pronto queda sentado a la diestra del universo. Como un dios harto de prodigarse, la arena, las olas, los pájaros, las nubes y el sol se recogieron de consuno. Perdí la tierra; creí caer en un abismo, pero antes de que mediara un ay me hallé ¡oh maravilla! en un trono de palabras. Y así, durante la hora en que escribí y taché estuve aparte pero a la altura del universo retrepado. El universo y yo fuimos dos reyes que no poseen en común un grano de sal, que no podrían medir armas ni parangonar genealogías y que sin embargo se tienen juntos porque cada cual tiene para sí que el otro es su corona. ¿Puede un poeta descender de dicho trono con otra cosa que tachaduras? ¿Qué diríamos de un mar que conservara una ola enarcada o del dios que preservara a un lirio? Cuando un poeta da por hecho los versos que escribe, necesariamente está degradado: recuerda, nada más, quién es. Porque durante la hora regia en que las palabras lo tienen a la altura y las tachaduras a un lado del universo, apenas escribe un verso lo raya; apenas raya un verso escribe otro, no porque los juzgue sino porque dispone de las palabras como Yahveh de su verbo y de las rayas como Zeus de sus rayos: escribe e ilumina, raya y fulmina; y alternando las dos luces, la luz legible y la luz ciega, goza de una autarquía que jamás alcanzaría con una obra consumada. Mas ¿quién aguanta ser real una hora?

II - 13. UNA NOCHE MÁGICA

II
POR LA COSTA DEL NORTE

13   UNA NOCHE MÁGICA

     La mujer que vivía en el otro extremo de la playa de Chigualoco era pelirroja, casi no tenía dientes y había sido joven hasta el día anterior a mi llegada. Apareció en la duna con un niño rubio como un islandés en los brazos, otro de tez morena colgado de sus pantalones, y se acercó a buen paso para ayudarme a sacar el furgón de un atascadero. Sus ojos aguados, su sonrisa de guagua envejecida y su raída ropa de hombre el doble de su talla le daban aspecto de hermanastra de sus hijos sorprendentemente limpios y bien puestos. Hablaba a gritos, pero su voz fresca, alegre, amable, era la de quien intenta hacerse oír en un vendaval o por sobre el fragor de la resaca, no la de un zafio. Su miseria saltaba a la vista; a sus ademanes, sin embargo, no les faltaba soltura y hasta un atisbo de coquetería. En la ciudad, la coquetería de un ser tan abandonado parecería grotesca; en la costa era una gracia, una seña de las libertades que la mujer se tomaba con la soledad en que vivía.
     Habitaba bajo una ruma de desechos arrimada a la ladera del promontorio que cerraba la playa por el norte.
     Desde lejos, su guarida era difícil de distinguir; y cuando vi salir humo de un punto y ya no tuve dudas acerca del emplazamiento, otra duda me asaltó: ¿habría intervenido alguna mano en ella o sus ocupantes se limitaron a abrirse paso hasta el interior de una pila de planchas, palos, latas orinientas y tubos descoloridos depositados allí por una gran marejada?
     Cuando cayó la noche, el paraje de la guarida desapareció como un eriazo. En cambio yo, a unos quinientos pasos de distancia, encendí mi lámpara de gas y durante horas me sentí en escena. Comí, escribí y leí como si la mirada lejana de la pelirroja estuviera fija en mis parabrisas resplandecientes, en la sombra móvil de mi cabeza, en el rayo que cruzaba la playa hasta el agua espumosa cuando abría la puerta del furgón. Imaginé cómo me veía ella desde su sombra: un califa fabulosamente rico, de costumbres diurnas extrañas y nocturnas inquietantes; un viajero llegado de algún país remoto allende Los Vilos; un caballero maduro, sin mujer, hijos ni amigos que llega a la playa cuando no hay nadie, en pleno invierno, se queda a pasar la noche en su furgón de feriante y no duerme; un solitario infeliz que se acompaña con una lámpara para alejar quizás qué noche; un maldito. Por las rendijas de su guarida, la pelirroja no quita la vista del halo que me contiene en la penumbra de su playa; escucha los ronquidos de su hombre, el tercer cacareo del gallo, las vaharadas de la pleamar; huele el jabón de los cuerpos calientes de sus hijos, la sartén en que frió unas jerguillas, el humo tenue del rescoldo, el husmo de mariscos podridos que trae la brisa desde los conchales, y piensa que estoy pensando en ella.
     Tan cierto estoy de su acecho, tanto me inquieta una mirada capaz de volver hacia mí toda la noche, que salgo del furgón y me alejo rápidamente de su nimbo. Llevo en la mano una fruta, una manzana color rojo claro, sin machucaduras ni nubes. Paro a cierta distancia y cuando voy a morder la manzana descubro que ya no me apetece: se ha convertido en una bola de carbón. La playa está casi clara. Una gran luna ralea las nubes; su luz ennegrece el semblante del mar y blanquea su sonrisa casi fija. Alrededor del furgón la playa parece un escenario vacío en el que ha quedado encendida la concha del consueta. Poco a poco me voy acostumbrando al ámbito blanquinegro y acabo por hincar los dientes en la bola. Una pequeña luna de un cuarto asoma al primer mordisco; al tercer mordisco quedo con una luna llena en mi mano. Huele a manzana, tiene gusto a manzana y alumbra increíblemente. Los cielos y la tierra me rinden honores por mi descubrimiento. Alzo la luna a la altura de mis ojos y observo cómo se va apagando a medida que su carne se oxida. Entonces recuerdo las encías peladas de la pelirroja; pienso en su cuerpo de congrio que más de uno habrá encontrado ensangrentado; en la sangre que fluirá de su vulva a borbotones durante las grandes sici-gias; en las muchas mujeres costinas que llevarán un ritmo selenita; en la gran boa del mundo hecha de mujeres, mares y lunas...
     Cinco siglos atrás, al otro lado de nuestro océano, en alguna playa de anacoretas japoneses ¿qué habría dicho Basho si una noche, al morder una manzana, hubiera visto aparecer la luna en su mano? "Nasho, Nasho", murmuré, para sentirme más cerca del gran poeta. Luego cerré su Diario de Viaje por la Senda Angosta del Fin del Mundo, apagué mi lámpara, bajé los párpados y me olvidé calmamente en Chigualoco.

II - 12. EN EL ENGENDRADERO

II
POR LA COSTA DEL NORTE

12   EN EL ENGENDRADERO

    Corría por la carretera sin poder olvidar los espacios en blanco que iba dejando atrás. ¿Los llenaría a mi retorno con más libertad y novedad que ahora que recién empezaba el viaje y aún iba conmigo el dios de los comienzos?
    A mi izquierda, el mar aparecía y desaparecía, más cerca, más lejos, más abajo o casi a mi misma altura. De pronto reapareció al frente, al pie de una larga cuesta recta que yo descendía a gran velocidad. Era un seno azul de mar bordeado por una playa falcada que la carretera encerraba como un muro. En una época de mi vida en que yo iba y venía entre Santiago y La Serena, la aparición siempre sorpresiva de esta playa al pie del talud, su rápida desaparición y la imagen de claustro blanco y sin un alma que dejaba en mi memoria de transeúnte la distinguían entre otras playas semejantes. Pero ahora que iba en un viaje distinto, hecho para detenerme, la inercia del viaje no fue más fuerte que su atracción. La vi y al punto hallé la ocasión de frenar. Y sólo entonces recordé -y el recuerdo me hizo enrojecer como si no hubiera estado solo- que ya una vez me había detenido en esa playa, que ya una vez había caminado, y no a solas, por su arena. Era la playa de Chigualoco.
    Veintitantos años antes, una mujer y un hombre muy jóvenes iban hacia el norte en su automóvil y al pasar frente a Chigualoco la soledad de la playa los subyugó. Pararon. Descendieron el terraplén, cruzaron una angosta vega y se acercaron a la orilla resplandeciente. Luego, casi sin hablarse, fueron caminando hacia el extremo de la playa donde topa con un promontorio escabroso. No sólo no había nadie más a la vista sino que faltaban huellas de pies en la arena o cualquier desperdicio de los que deja el paso humano. La pareja estaba a solas y se sentía única, sin predecesores.
    Sin embargo los retumbos del mar no conseguían ahogar una voz -la voz de un íntimo de ella, quizás la de su padre; la voz de una íntima de él, parecida a la de su madre-que gritaba entrecortadamente algo ininteligible. El creía oír un ruego; ella una queja. Como la voz callaba en las pausas del oleaje, ambos creían que el otro no la oía y no se sintieron obligados a hablar de ella. Y así, mantenida en silencio, la voz no les impidió abrazarse, besarse, apurar el paso. En las cercanías del promontorio, donde un rumor continuo de aguas más mansas sucedió a los retumbos de las olas, la voz les sonó menos trágica, menos perentoria, casi indulgente. Podía haber sido la voz de sus abuelos. Y cuando llegaron haciendo eses al confín de la playa, entraron en una ramada abandonada de mariscadores y se tendieron en el suelo de arena, la voz que llegaba del lado del mar a través de las hojas de eucaliptus secas les pareció una voz hecha de muchas voces reunidas, una ovación de una multitud lejana. Entonces se apresuraron a hacerse dignos de ella.
    Veintitantos años después, caminé a solas por Chigualoco y no oí el lamento de mi madre, ni el suspiro de mis abuelos, ni la aclamación de mis antepasados. En el sitio donde había estado la enramada de eucaliptus no quedaba un palo, una piedra, un alambre. Me senté en la arena fría, cara al mar, y a la luz ya sin sol del día esperé la venida de la tristeza. No llegó. Al contrario: a cada minuto que pasaba me fue pareciendo mejor que no quedaran restos del albergue. Con las palmas de las manos descubrí los muslos de arena de la playa. Y poco a poco, los fui descubriendo de mi memoria.
    Aquí engendramos un día un ser. De esta playa de Chigualoco arrullada por el mar, de esta luz tendida como un velo de sangre sobre la arena, un ser humano nuevo salió en compañía de mi mujer y de mí. De nosotros no quedaba indicio, pero del invisible todo el derredor lo era.
    Si a cada niño sus padres lo llevaran un día a algún lugar al aire libre y le dijeran: "Aquí te concebimos", quizás la tierra volvería a ser la esfinge que ya ni las tumbas nos presentan. Los caminos llevarían a los amantes no a dormitorios como hoy sino a engendraderos donde podrían yacer al sol o a la luz de la luna. Habría generaciones de montaña, de llanura, de valle, de bosque, de costa, de isla. Y tendríamos otro cuerpo, otra nobleza, otro zodíaco. En las crisis de la existencia, cada cual conocería un paraje donde presentarse ante la tierra, llorar su vida, hallar consuelo. Muchos años después de ese día de amor en Chigualoco que no supe celebrar, lo recordé, y para recordárselo a quien no lo había olvidado, escribí un poema.

     Jacqueline,
     el hijo que hace tan poco perdimos
     y las hijas que ojalá nos sobrevivan
     estaban juntos entonces
     antes que tú y yo nos conociéramos
     y pudorosamente nos inclinaban
     como la tierra a dos arroyos
     hacia el valle donde van a ser un río.

     Ellos, que aún no tenían número, ni sexo, ni nombres,
     nos amaban ya a los dos como si fuéramos uno, 
     padecían cuando parecía que no llegaríamos a querernos,
     del aire desesperaban cuando airados nos heríamos
     y antes de nacer creían morir cuando renegábamos
     tú de mí o yo de ti, sin por qué, alegremente.

     Hasta un día entre los días que empezamos a solas;
     un día en que tú y yo nos sorprendimos más hermosos,
     más dulces y menos únicos que todo lo antes dicho,
     y en una arena angosta, temblando de gozo y miedo,
     nos pusimos desnudos a descubrir el fuego.
     Ah las llamas con que fuimos convocando
     uno por uno a nuestros hijos a sus vidas
     a lo largo de la vida de nosotros.

     Recuerdo que quedamos la noche de ese día
     como queda la tierra sumida en su ceniza
     mirando las estrellas que el sol deja en el cielo
     encendidas en prenda de su vuelta.

    ¿Cómo no transcribir a continuación una maravillosa nota de Juan de Mairena? "Otro acontecimiento, también importante, de mi vida es anterior a mi nacimiento. Y fue que unos delfines, equivocando su camino y a favor de la marea, se habían adentrado por el Guadalquivir llegando hasta Sevilla. De toda la ciudad acudió mucha gente, atraída por el insólito espectáculo, a la orilla del río, damitas y galanes, entre ellos los que fueron mis padres, que allí se vieron por vez primera. Fue una tarde de sol que yo he creído o he soñado recordar alguna vez". Nota a la que me gustaría agregar que todos los hijos de esta pareja sevillana nacieron con el blanco de los ojos rosado, del color que se les pone a los que han nadado largo tiempo...

II - 11. UN NAUFRAGUERO

II
POR LA COSTA DEL NORTE

11   UN NAUFRAGUERO

   Once kilómetros al norte de La Ballena me detuve en la caleta Los Molles el tiempo justo para interpelar a los tripulantes de un bote que se llama Corazón Viajero. A los tres muchachos llevar la palabra "corazón" en la proa los mortifica (un hombre de mar tiene pelotas, no corazón) y el siempre prestigioso epíteto de "viajero" no basta para que lo encuentren más viril. Les pregunto qué otro nombre querrían para ese bote que no es suyo. O no se les ocurre otro o no se atreven a decir las obscenidades que brillan en sus miradas. Mientras tanto sus manos, como si no les pertenecieran, anudan femenilmente los hilos rotos de su red. ¿Qué les habría parecido a esos muchachos de Los Molles el nombre inaudito de un bote que encontré algo más adelante en la caleta Totoralillo sur? ¿Habrían reemplazado "Corazón Viajero" por "Regresa el Difícil"?
   Pasé por las afueras de Pichidangui. Incluso en la época del abandono invernal, los balnearios me dan grima. Siempre me dan la impresión de que pertenecen a raqueros, a naufragueros, a gente que vive de pecios. Y si en los balnearios nadie enciende fogatas las noches de temporal para atraer barcos a los escollos donde naufraguen y libren sus cargas es porque han aprendido a engañar al más rico de todos los barcos, al mar mismo, a hacer que encalle y se vaya a pique en su misma orilla y les libre pecios nunca vistos. Para engañar al mar les basta levantar en una playa las señas de un balneario. Ipso facto el mar entra, choca, se rompe y desparrama. Entonces recogen el bronce del mar con su cutis; con la nariz al viento recogen la sal del mar; con el paladar, su yodo; con la vista, sus esmeraldas; con el cuerpo a flote, sus plumas, y de la mañana a la noche, mano sobre mano, recogen el oro del ocio del mar.
   Cierto es que yo también soy un naufraguero. Ando por la costa en busca del mar que es el pecio del diluvio. Y no dudaré en encender aquí y allá fogatas poéticas que fulguren y atraigan a la orilla a los mares más raros, al mar que no se deja convencer por los litorales, al mar que apenas se deja ver en el horizonte y que hasta hoy nadie sabe qué tesoros porta. Pero las señas corrientes no me ayudarán a atraerlos, y los pecios habituales no calmarán mis apetitos. A la vuelta del viaje quizás podré entrar con mi botín a cuestas a cuanto Pichidangui se me antoje.

II - 10. VISIÓN DE LAS BESTIAS

II
POR LA COSTA DEL NORTE

10   VISIÓN DE LAS BESTIAS

   A una alta hora de la noche desperté, palpé mi muslo izquierdo y me dije: aquí termina el viaje. Lo sentí enormemente hinchado, con esa hinchazón indolora típica de la sangre embolsada. Aterrorizado, recogí mi mano y me puse a pensar en mi edad. ¡Qué ironía! Ahora que gracias a mis años sabía dónde poner los pies, mi cuerpo caía en unos precipicios interiores que yo ignoraba absolutamente. Volví a despertar cuando la luz del sol aclaraba ya la caja de hojalata blanca y húmeda en la que yacía boca arriba. De un tirón corrí el cierre relámpago del saco de dormir, me senté v examiné mi muslo. Estaba igual al otro. Salté fuera del furgón y di unos pasos, atento a cualquier síntoma. Nada. ¡Soñaste! me dije. Y medio desnudo como estaba me puse a cojear en la arena para burlarme de mi terror. Pero yo sabía que mi terror no había sido producido por un sueño, y remedar a un cojo no bastó para tranquilizarme. Volví al furgón y me metí nuevamente en el saco. Temblaba de frío y de recelo. Pensé en los ángeles que baldan a los hombres. Pensé que lo de la noche podía haber sido una advertencia para que dejara de confundir la costa marina con la celeste.
   Un tremendo resoplido interrumpió mi examen de conciencia. Corrí la puerta lateral de mi recámara rodante y quedé mirando de hito en hito una pareja de caballos. ¡En mi vida vi animales vivos más esqueléticos y llenos de mataduras! La aridez de la arena en donde hundían sus cascos, el paredón de agrietadas rocas contra el que se recortaban sus figuras, el terral helado que desgreñaba sus testuces y hacía lagrimear sus enormes ojos oscuros, el rugido del mar inmediato que parecía encogerlos, toda la atroz escena fue tan sorpresiva que se me llenaron los ojos de lágrimas. ¡Dios mío! ¡Las llagas rojas y los costurones blancos del espinazo del alazán! ¡Las patas hinchadas y de rodillas más gruesas que codos de olivo del tordo! ¡Sus pezuñas despeadas, su crin a pedazos, sus orejas desiguales, sus costillas saledizas! ¡Y la luz que no acrimina, la luz intacta de su mirada!
   Como uno al que le llegó la hora de rendir cuentas, me vestí y calcé en un instante y salí despacio del furgón. Me figuraba que los dos vivientes tendrían horror al hombre. Pero al verme afuera, desviaron nada más sus cabezas gachas para quedar mirándome de perfil. Aunque compartíamos el suelo de arena ennegrecida por el rocío, las bestias estaban tan herméticamente encerradas en su carne viva que yo me sentía aparte de ellas, tan lejos como se siente un deudo del muerto a quien vela. Mi compasión no las acercaba; tampoco mi cólera contra sus verdugos; tampoco la culpa que sentía por tener yo también pies y manos. El espacio que hubiera querido cruzar en un arranque de ternura se volvió impene-trable como una ventana. Contemplé las afueras donde sufrían los dos inaccesibles seres hasta que al fin, vencido por su silencio, me puse a gritar y a agitar los brazos para ahuyentarlos. Como si hubieran estado midiendo mi aguante, volvieron grupas a una y se alejaron, tan cojos que a cada paso hincaban sus hocicos en la arena.
   Desde el balcón de rocas donde había estacionado el furgón los vi salir a la escena deslumbradora de la playa, avanzar hacia el mar que se venía abajo vitoreándolos, virar y seguir por la orilla imperturbablemente. Gaviotas y golondrinas alzaron el vuelo para enjaezarlos con alas y sombras de alas. De súbito, la pareja de caballos se transfiguró en una única bestia fabulosa. Y en ese mismo instante Jonás entró corriendo a la playa y se le aproximó con la mano en alto. La gran bestia se detuvo. El hombre avanzó pasito a pasito hasta tocar una de sus cabezas. Quizás le hablaba: la distancia, el ruido de las olas y el terral que corría esa mañana en La Ballena me impidieron saberlo.
   Algo más tarde, un quiltro encogido se puso a rondar el furgón mientras tomaba desayuno. ¡Con qué alivio vi que engullía el pedazo de pan que le eché!

II - 9. EN EL VIENTRE DE LA BALLENA

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POR LA COSTA DEL NORTE

9   EN EL VIENTRE DE LA BALLENA

   En otras orillas uno puede pararse ante el mar como quien está fuera de él gozando de su peso y de su aliento. En La Ballena no. En La Ballena uno no está todavía en tierra firme. En La Ballena uno está entre el mar -que en vez de evasión ofrece muerte- y la tierra -que en vez de vida ofrece destino.
   Un hombre solo en la playa de La Ballena puede haber jubilado después de treinta años de trabajo en algún servicio público; puede haber construido un bungalow gracias a algunas provechosas cerradas de ojo; puede haber venido a la costa a vivir con una mujer más joven o para alejarse de unos hijos en la ruina; puede creer que el aire de mar le hará bien a su corazón, o a sus nervios, o que oreará no sabe qué murria que le sobrevino de la noche a la mañana; puede haber venido a echarse a morir en la misma arena en que hizo su último castillo; puede esperar del mar un perdón que no exige confesión previa, que da por descontado el arrepentimiento, que por penitencia apenas impone la letanía de sus olas; puede confiar en que los años de vida que le restan pasarán más lentos en la costa y que la muerte le llegará con la misma dulzura con que bajan las mareas... Todo esto puede uno imaginar de un hombre solo en la costa; pero como está en la playa de La Ballena no hay manera de cerrar los ojos ante su otra dimensión.
   El hombre éste es más lógico que el profeta y comprendió que ningún barco lo llevaría a una guerra donde no oyera la voz de Dios. Y se quedó en su casa como si tal. Su desobediencia sin embargo no tardó en tener efectos. Porque ineluctablemente su casa se fue transformando en barco, sus parientes y amigos en marineros, su ciudad en mar borrascoso y su tiempo en naufragio. Mantuvo cuanto pudo un perfil bajo pero llegó la hora en que los demás descu-brieron su secreto, que por culpa suya zozobraban, que era él quien llevaba la carga fatal de un Dios desobedecido. Entonces, con gran dolor de su parte, lo echaron por la borda. Y el hombre vino a parar a La Ballena, sano, salvo, solo, perplejo.
¿Está muerto o vivo? ¿Dónde está? Día tras día examina la penumbra intestinal del cielo, los jugos y la flora intestinal del mar, y escucha los rumores de una digestión en que todo: la arena, el agua, los árboles, los pájaros, las nubes, las brisas, la luz, todo, excepto él mismo, es alimento. ¿Qué lo preserva? ¿Será transitoria su estadía en la playa? ¿Todavía le espera algo en las afueras?
   En La Ballena no se oyen voces divinas, no hay orden que rehuir, nadie lo acusa de nada ante nadie. Abandonado de Dios y de los hombres, el hombre tararea un de pro-fundis y pierde la cuenta de los días apenas cumple tres.
Sin embargo, ni cae de rodillas ni me saluda como una aparición al verme llegar a su playa. Yo no soy una señal de que La Ballena lo dejó otra vez en tierra. Seguramente me toma por otro como él, por otro que cargó con su rechazo el mundo, fue lanzado por la borda y cae, ni vivo ni muerto, en su lugar de confinación. Para este hombre nadie llega a La Ballena inocentemente. La Ballena es el lugar de los que quedan cara al mar por haber vuelto la espalda a Dios.
   ¿Qué camaradería podría establecerse entre un abismado viejo como él y uno que recién viene entendiendo el sitio en que se halla? Si estuviéramos en el infierno, nuestros respectivos dolores nos harían odiarnos; en el cielo, nuestros gozos, amarnos; en el purgatorio nos compadeceríamos mutuamente; en La Ballena nos observamos como dos luchadores, y en la ropa, el calzado, la parada, la mirada, en todo signo exterior buscamos respuesta a la pregunta que nos enloquece: ¿cuál es su Nínive? ¿Cuál es su Nínive? Y si cambiamos algunas palabras no es porque hayamos deducido que no somos antagonistas sino porque el aspecto no nos basta y queremos oír hablar al otro, saber cómo pronuncia, qué palabras emplea, qué timbre tiene su voz, a ver si los datos sonoros terminan por desenmascararlo.
   En cuanto a mí, lo poco que el hombre dijo me bastó.
   -Jonás, Jonás -debí decirle- la Nínive que te espera no es la que me espera a mí. Nunca entraremos en competencia tú y yo. Tu facha, tu edad, tu acento son muy distintos a los míos. De la ciudad a la que te negaste a ir yo no he oído hablar en mi vida; y mi Nínive es para ti inimaginable. ¡Paz, profeta! Aprovechemos este intertanto en que nos encontramos juntos fuera de la vida para hablar del Dios que rechazamos. ¡Es lo único que tenemos en común! Contémonos qué fue lo que un día oímos, cuánto demoramos en convencernos de que era Su palabra, cómo pasamos de la sorpresa al terror. Confesémonos nuestra cobardía, si fue ingenuidad o estupidez la que nos hizo creer que nos olvidaría y que pasado algún tiempo podríamos volver a caminar en Su presencia como si nada. Dime, Jonás, tú que llevas más tiempo en este vientre estrellado ¿te diriges todavía a Él? Dime cómo haces para hablarle si no escuchas Su voz; qué palabras tuyas no en sordina la arena, ni ahogan las olas y se alzan más que los vientos hacia Su silencioso corazón. ¡Dime qué clamas! ¿Denuncias acaso mi llegada a La Ballena? ¿Reclamas por la degradación que supone para ti mi venida? ¿Le recuerdas a Dios que un minuto con otro Jonás vale por mil días a solas, que desde que puse el pie en la playa tu reclusión pasó de triste a cruel, que conmigo aquí ves que todo cuanto yace, huele, revienta, sopla y brilla a tu alrededor se desentiende de ti, que mi presencia arruina el trono en que penar te ennoblecía?
   Todo esto debí decirle y más. Pero al ver que el hombre callaba lo imité.

II - 8. ENCUENTRO CON JONÁS

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POR LA COSTA DEL NORTE

8   ENCUENTRO CON JONÁS

   Unos pocos kilómetros al norte de Polcura me detuve en otro lugar costero. Era mi primer día de viaje y ya se hacía presente un tensión que no me dejaría más: la tensión entre el celo catalogador del viajero y la licencia articuladora del poeta. Según el primero, no debía pasar por alto un solo lugar con nombre de la costa de Chile; la segunda me exigía saltarme muchos lugares para no perder la trama del viaje. En la disyuntiva será mi cuerpo -mi don de aliento-el que seguramente irá zanjando cada vez.
Pero yo que devoro el libro de Jonás dos veces por año no me habría perdido la playa de La Ballena aunque el ritmo más irresistible me instara a seguir camino. Una playa llamada La Ballena tenía que tenerme reservada más de una maravilla.
¡Qué difícil fue encontrar la playa en el desolado loteo que la escondía! Las anchas peladuras terrosas por las que conduje el furgón de tumbo en tumbo; los pinos deformes y los aromos desgajados; los bungalows y chalets tapiados, a cual más barato y peripuesto; los carteles que se caían en los retazos invendibles del erial, todo parecía puesto adrede para contrarrestar el nombre maravilloso. Allá en Santiago, me dije, los dueños de estos tristes chalets sueñan que son grandes marinos, que son héroes que no se han achicado ante el espacio del mundo ni se han quedado cortos en el cálculo de su propia leyenda. Allá en Santiago, los dueños sueñan que este desparramo de reductos es una flota que tiene bloqueada la playa de La Ballena para que ningún advenedizo acceda a ella sin rendir sus ilusiones, para que nadie que llegue atraído por el nombre vaya a creer que hay algo detrás de él.
Con furia creciente circulé por los astutos vericuetos de los loteadores, y tras dar vueltas y más vueltas di por fin con el único camino que conducía hasta la playa. En la pequeña playa había un hombre. El seno de arena rosa tendido ante un mar en la cumbre de su arte de atardecer acogía al solitario con una candidez que me desarmó. Parado a prudente distancia del agua y con su brazo derecho semiextendido en esa postura del pescador de orilla que parece una presentación de credenciales al mar, el hombre estaba a sus anchas en la playa aunque pertenecía sin lugar a dudas a la ralea de los dueños de los bungalows. Su gorro variopinto de lana, su cortaviento azul con gran sigla, sus flamantes botas de goma, su morral lleno de hebillas, el reflejo cosmopolita del horizonte rojo en sus anteojos verdeoscuros, la ansiedad incompetente de sus pases piscatorios, nada suyo hacía mella en el candor de La Ballena. Aunque un personaje así puesto en un jardín habría adocenado con su facha a las flores, la pequeña playa lo incluía en su soledad invernal como habría incluido a una foca o a un ave migratoria llegada del otro lado de la tierra. ¿De dónde sacaba la playa su resistencia inaudita?
Me aproximé al hombre caminando lentamente por la arena silenciosa. Suponía que había visto llegar mi furgón y que estaría preparado para mi acercamiento. Pero como a la luz del anochecer los rasgos se emborronan y los bultos se agigantan, consideré que debía prevenir cualquier aprensión y me detuve a unos diez pasos suyos. Le pregunté por la pesca.
-Malona -murmuró sin mirarme. Le pregunté por el pescado que tenía a sus pies.
-Un tomollo -dijo y lo topó con la punta de su bota. Le pregunté por el nombre de la playa.
-La Ballena -respondió y se volvió hacia mí con incierta sonrisa.
Como si hubiera pronunciado un ensalmo, apenas el solitario pronunció el nombre de la playa, la playa se transformó en un vientre de arena y aire que lo contenía, en un cuerpo de arena orlado de espuma que lo transportaba y en una boca de arena guarnecida de escollos que lo vomitaba en tierra firme. Y yo me hallé ante Jonás.

II - 7. EL CIPRÉS DE LA ISLA

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POR LA COSTA DEL NORTE

7   EL CIPRÉS DE LA ISLA

   Apoyadas en una ladera de rocas plomas y rodeadas de arbustos verdinegros, las dos o tres casitas de Polcura parecían hechas con el maderamen de un clíper. Mohosas, humosas y esparrancadas contrastaban violentamente con la nitidez de líneas y el brillo de colores del único bote varado ante ellas. El bote tenía algo de artefacto de feria de diversiones, de encatrado de ruleta con mil capas de pintura. Y los dos pescadores acodados en él, vestidos de día domingo, algo tenían de tahúres. Casas ruinosas y ternos flamantes parecían la ilustración de un apólogo sobre la vida dedicada al azar. ¡Hasta el mar de la caleta tenía un aire de tapete verde!
Pese a su aspecto nada promisorio, los pescadores de Polcura me contaron algo que después vine a recordar con alegría. Su bote, hecho según una plantilla de chalupa ballenera, había sido construido en la isla Juan Fernández con madera de ciprés autóctono. Recordé el tono engañosamente neutral del que aportó el dato y la ojeada indiferente que le eché a cuadernas y costillas. Sospechaba que los dueños de la embarcación eran incapaces de distinguir una tabla de ciprés de Juan Fernández de una de Valdivia o de las Guaitecas y que mencionaban el lugar de origen de la madera llevados por una vanidad tan pueril como la del dueño de un auto que alardea de sus neumáticos llenos de aire japonés.
Los nombres de lugares son de cuidado. Salen al camino, incluso cuando el que viaja viene de vuelta de cualquier exotismo; salen al camino, se hacen de ti y te transportan a sus términos. Así fue con el nombre Juan Fernández y los nombres asociados de isla y de ciprés. Al poco de dejar Polcura se presentaron en mi memoria y en un dos por tres estuve en medio del océano Pacífico. Vi una isla coronada de cipreses, fija en el mapa gracias a ellos. La luz de las estrellas había hecho de sus follajes verdes astro-labios, y la del sol había hecho de sus troncos timones blancos más sólidos que el granito. Eran los árboles más marineros del mundo. Construido con su madera, el bote de Polcura no haría agua, no sería atacado por la broma, no derivaría fuera de rumbo, no se iría por ojo ni volcaría nunca.
Entonces recordé que los antiguos tenían al ciprés por un árbol fúnebre, infernal, con cuya madera construían ataúdes cuando los muertos todavía navegaban, y toda mi impresión de Polcura cambió. La facha de tahúr de los pescadores no era tal sino de deudos que participan en un oficio de difuntos. Y en el modo en que consiguieron la madera de su bote reconocí ahora un rasgo infernal. Según me contaron, quien va a Juan Fernández por madera no necesita llevar plata: allá dan un ciprés crecido a cualquiera que plante quinientos árboles nuevos. Un trueque así ¿no tiene un no sé qué de trabajo en el otro mundo? ;No se asemeja a las leyendas en que el héroe gana su retorno a la vida a fuerza de repetir una operación destinada a espesar el mismo infierno en que se ha aventurado? ¡Nemorosa Juan Fernández!

II - 6. UN REPROCHE DE ULISES

II
POR LA COSTA DEL NORTE

6   UN REPROCHE DE ULISES

   Cuando estás en tu casa cualquier acaso te deja en suspenso. En cambio en viaje a cada vuelta te recibes dé maese en acasos. En tu casa un acaso cualquiera te enajena y no eres quien hasta que lo olvidas o hasta que, después de mucho, consigues ponerte a su altura. Recién entonces pasas y tu vida retoma su curso. Contrariamente, cuando viajas ningún trance parece quedarte grande. Tu cabeza va siempre a la altura del sol; tus hombros tienen infaliblemente el ancho del camino; tu cintura es un haz de quiebros y tu corazón palpita al ritmo de tus pasos y no según lo que éstos te van poniendo por delante, sean horrores, delicias, prodigios o trivialidades. Un viajero es un impávido a toda vela.
   Así yo, a la hora de haber dejado la playa peligrosa de Pichicuy, ya estaba mintiendo en una caleta situada algo más al norte llamada Polcura. Acodados en la borda del único bote de la caleta, inclinados sobre su cavidad maloliente para no darnos las caras, los dos habitantes del lugar y yo nos ayudamos a zurcir nuestras respectivas imposturas: la mía, de periodista; la suya, de pescadores más claros que los hijos de Zebedeo. Y después de un rato nos despedimos.
   -¡Qué engañador más pobre! -me increpó Ulises, siempre presente en mi cabeza-. ¿Todavía no sabes que el engaño es el atuendo del viajero, mejor cortado mientras más verosímil, más resistente mientras más fluido y más elegante mientras más novedoso? ¡Periodista! ¿Por qué no les dijiste que eres poeta?
   Intenté defenderme mascullando maldiciones en contra de la época en que me toca vivir en la que el engaño es ramplón porque la verdad es difusa, pero sólo conseguí oír una risa inexorable, una risa capaz de cegar de ira a un cíclope. A mis espaldas, la risita socarrona de los dos pescadores confirmó el juicio de Ulises: el hombre que se iba no los había engañado; el hombre que se iba podía ser cualquier cosa -inspector de veda o informante de la policía antidrogas- excepto lo que había dicho ser; el hombre que se iba andaba, miraba y hablaba como uno que disimula, como uno que anda tras algo secreto, como uno que se lleva una imagen irreconocible de aquellos con los que ha estado, como uno que consigue lo que quiere sin que nadie lo note. Me volví para hacerles una señal amistosa antes de abordar el furgón. Los perros redoblaron sus ladridos y los amos hicieron como que ya estaban en otra cosa.

II - 5. LA ANIMITA EN LA ARENA

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POR LA COSTA DEL NORTE

5   LA ANIMITA EN LA ARENA

   Cerca del lugar en donde había estado observando el cielo hallé un animita. Si hubiera tropezado con ella anoche, el tiempo no me habría pasado de parte a parte. Un pie en su base de cemento, un pie fuera de la arena habría bastado para que yo recuperara el ánimo. Cuando un nadador ha dejado de luchar y va en el agua desmadejándose ¿no revive si hace pie?, ¿no recuperan su cuerpo la tensión y su espíritu el temple con un solo toque de suelo? A la clara luz de un día de nubes ralas resulta difícil creer que la pequeña losa de cemento tenga tan portentosa virtud. También es difícil creer que la playa tendida ante mis ojos sea un osario de estrellas. Y anoche lo fue.
   Aparte de hacerme ver el paso firme que no di, el día me muestra en la animita un mundo. Sobre la losa situada en el borde del desplaye y que apenas sobresale de la arena hay la figura votiva de un bote, una gruta minúscula con una estampa descolorida del rostro de Cristo, dos tarros oxidados con matas de claveles verdes y una inscripción: Pascualito.
   Así entra la muerte en tu viaje desde la primera mañana, en la primera playa, ante el primer mar. Así te sale al paso esta antigua desconocida tuya. ¡Hela aquí con rasgos de esfinge popular! Mírala con su nombre de niño malcriado al que ya se le antoja la resurrección; mira cómo aferra su botecito de cemento y cuan amargamente brillan las dos monedas depositadas en él; mira sus mechas de claveles y su diadema con eccehomo ensangrentado; mira sus aristas bastardas, sus letras torpes, sus cifras chuecas. ¡Así te salta a la cara la muerte en medio de la arena absorta! Te cala, aunque no te puede ver; te interroga, pese a que se come las palabras; te para, aunque tú no quieras sino salir del paso y hacer como si no la hubieras visto. ¡Cuánto más elegantes son las muertes bajo techo que no se adueñan del sitio en que acaecen! ¡Cuánto más chic las muertes que no denuncian nada como denuncia ésta al mar!
   -Aquí -dice la animita hablando en tercera persona y no en primera como hablan las tumbas-, aquí se ahogó Pascualito al volcarse el bote en que regresaba de la pesca con su padre. O más precisamente: -Aquí botó el mar el cuerpo de Pascualito.
   Innumerables animitas en los bordes de las carreteras americanas señalan sitios de accidentes mortales; muchas de ellas están situadas en curvas, a la entrada de túneles, al final de largas pendientes y en otros lugares que la velocidad de los transeúntes convierte en peligrosos. Pero nadie diría que esas animitas denuncian al camino. Al contrario: en un mundo de defunciones puertas adentro que sólo merecen cupos en necroparques, las animitas nos recuerdan que morir bajo el sol o las estrellas es un fuero humano, que amojonar con su muerte la tierra es un privilegio del hombre. Pascualito seguramente tiene tumba en algún cementerio próximo; una tumba que, a veinte años de su muerte, ya nadie visitará. Pero su animita es otra cosa. A pocos pasos de la línea de más alta marea, su animita es un pecio que ningún visitante de la playa deja de encontrar, un pecio que el mar no puede hacernos pasar por alto, así concierte sus olas, aclare sus aguas y asuma un aire de playero rudo pero bonachón. "El mar mata", dice la animita. Y aunque pasen mil veranos felices en los que su losa no se distinga entre las toallas multicolores, su denuncia será válida por todo el tiempo que el mar renueve, ola tras ola, su doblez.
   En la cordillera de los Andes hay un cementerio donde están enterrados solamente andinistas. Cuando quien lo visita se para entre las tumbas y alza la vista hacia la cima del Aconcagua la antigua metáfora bélica acude instantáneamente a su memoria y se encuentra rodeado no de muertos sino de caídos. El Aconcagua no esconde su altura. Su cima se sujeta en el cielo a la vista de todos. Nadie puede decir que no la vio. Los muertos son los frutos maduros caídos de ese árbol de abismos. Por eso sus tumbas no dicen que la montaña mata. La montaña no mata porque no vive; si viviera escondería su abismo como lo esconde el mar. La animita de Pichicuy dice: "el mar mata"; "di un traspié" dice cada una de las tumbas de los Andes. Y si uno se aleja de estas últimas mirando con redoblada atención dónde pone los pies, ¿qué hace uno con la advertencia de Pascualito? ¿Alejarse sin más del mar como los moralistas aconsejan huir del demonio en toda ocasión y sean cuales sean nuestras virtudes? ¡Imposible! No podemos concebir nuestra vida sin el mal, menos sin el mar. O como lo canta Cernuda:

   Quién viviría en la tierra
Si no fuera por el mar.

II - 4. LUCES CON NOMBRES

II
POR LA COSTA DEL NORTE

4   LUCES CON NOMBRES

   Caía la noche cuando fui a estacionar el furgón en la playa, lejos de las luces del alumbrado público de Pichicuy y de los rayos y truenos del camino. Luego, a pie por las dunas, me dirigí a mi cita con las estrellas. Hacia el noroeste ya estaban reunidos Marte y Venus, la prenda radiante y el aguijón rojo. A su vera, velado por el resplandor de su có¬pula, Júpiter titilaba débilmente. La Luna tendía su luz virginal sobre el mar hasta unas lejanías de cielo en la tierra. La Colmena, el quinto objeto celeste que participaría en la conjunción, no se dejó ver ni con prismáticos. ¡Y era el que yo había aguardado con mayor ilusión! Su nombre, el único de los cinco que no era el de un numen, me sonaba tan celeste pese a su humildad que casi me había hecho la idea de que reconocería sus astros por su zumbido. Gracias a La Colmena el cielo iba a parecer un bosque y la playa un calvero olor a mar por el que yo andaría con la prestancia de un zagal del tiempo en que las diosas se enamoraban de los hombres. ¡Qué desgracia! Ausente La Colmena, ¡cuan astronómicos lucían Venus, Marte y Júpiter! ¡Qué absurda parecía la antigua cuestión de sus influencias!
   Apenas se puso la Luna en el mar, la tierra se desplomó a mi alrededor. Me sentí cercado de cosas oscuras. Sentí miedo. Y mi miedo vició mi celo por las estrellas. ¿Estaba a solas? Si los seres humanos más cercanos se hallaban junto a las lejanas luces de Pichicuy; si en toda la gran playa reinaba una quietud de desierto en invierno ¿qué tenía que temer? Sin embargo, temía. Las sombras acortaban mis alcances; las olas me ablandaban; el silencio detrás del fragor marino me ahuecaba. Me senté y hundí mis manos en la arena fría. Era una arena estelar. Cada uno de sus granos había caído del cielo a la tierra a través de mí. Y las miría-das que aún lucían arriba seguirían cayendo a través de mí, seguirían posándose en la playa y apagándose. Esa noche corría un tiempo a través de mí que no debía correr nunca. ¡Ay de mí! ¡Que de todos los poetas que vivían para atajar ese derrame fuera yo el que fallaba! ¡Qué angustia! ¿Qué podía hacer para recobrar mi sello?
   -Ponte de rodillas -murmuré. Y me puse de pie e inicié el regreso hacia el furgón. "De rodillas, de rodillas, de rodillas", fui repitiendo mientras caminaba por las dunas ahítas de arena. El clic de la puerta, el olor a nuevo de la cabina, el destello de la lámpara a gas, los gustos del sandwich, la manzana y el café, la tibieza del saco de dormir, la levísima trepidación de la carrocería y el testigo rojo de la alarma cerraron la jornada. Y el sueño a mí.