La primera edición de La Mar fue financiada íntegramente por su autor, Ignacio Balcells, y el tiraje fue sólo de 500 ejemplares. La segunda edición, financiada por uno de sus grandes amigos y tan amante del mar como él, fue publicada póstumamente, y su tiraje fue también de sólo 500 ejemplares. A cinco años de su muerte y por considerar que una obra tan importante no puede ser olvidada, los invitamos a redescubrir, a través de una selección de sus páginas, el mar de Chile y de sus habitantes costeros bajo la visionaria luz de la poesía.




II - 1. LA DESPEDIDA PERDIDA

II
POR LA COSTA DEL NORTE

1   LA DESPEDIDA PERDIDA

   Feliz de haber elegido un título que en vez de clavarme en mi escritorio me obligaba a viajar; orgulloso de mi título como si fuera un blasón y algo asustado por lo que tenía de cometido incalculable, salí de Santiago a poner por obra el Libro del Pueblo del Mar de Chile la víspera del día en que Júpiter, Venus, Marte, Luna y Colmena se aproximarían máximamente.
   Era un alba de sol de invierno. A cien kilómetros por hora me parecía correr a la velocidad con que volaban los rayos del sol a mis costados de cumbre en cumbre. Yo no miraba a los cerros, les pasaba revista. Mis ojos los condecoraban prendiéndoles ojeada tras ojeada medallones de nieve y penachos de plumas radiantes. A mi alrededor remoloneaba el llano en largas sábanas verdosas y las casas, los avisos y las escasas figuras de pie todavía no arrojaban sombra ni precisaban sus colores. Grandes paralelepípedos vidriados, cuajados de luces diminutas, venían por la carretera dándose aires de alud y me zarandeaban sin rozarme. El zumbido del motor de mi furgón me sonaba a colmena en primavera.
   Ya estaba lejos de mi casa y aún no había comenzado a despedirme. Como tantas otras cosas, como la muerte, el adiós dejó de ser una ceremonia. "Partir es morir un poco" reza el adagio. ¡Morir un poco! ¡Cuál no habrá sido la sorpresa del diablo que ideó tal burla al ver que pasaba por fórmula sublime. "Morir un poco" ¡Qué talla sangrienta! A un poco de hombre corresponde un poco de vida, un poco de ausencia, un poco de muerte. Nacer es estar un poco; estar es partir un poco; partir es morir un poco: ¡he ahí la cadena del apocamiento!
   Si no sé despedirme no es porque los viajes ya no separen y en cualquier lugar del mundo uno quede a mano. Antes de que las ruedas y las hélices nos descoyuntaran y desparramaran nuestro cuerpo por el globo, habíamos perdido toda coyuntura. ¡Hace siglos que nadie consigue reunir un cuerpo para una ocasión!
   Iba así doliéndome por la despedida perdida cuando la carretera me puso ante el mar. No reconocí la ocasión. Seguí adelante. Y cuando hacía un buen rato que tenía el mar a la vista y ya no cabía abrirle los brazos, caí en la cuenta que había perdido mi encuentro con él. Así, apenas comenzado, mi viaje se presentaba como una sucesión de ocasiones perdidas: ¿con qué ánimo seguir?
   Un hombre al que una serie de ladrones asalta siente a la larga que su desgracia cambia de signo, que su pesar por lo que le han robado y siguen robándole da lugar a una misteriosa desenvoltura. Se extraña, medita y concluye que el despojo del que es víctima prueba que su fortuna literalmente no tiene límites; que por mucho que pierda, siempre le quedará qué perder; que ningún robo particular puede dejarlo en la desnudez a la que cada robo lo aproxima. Parecido al de este hombre es mi caso. Al avanzar por la ruta admito ocasiones que dejaré pasar fatalmente; al dejar atrás la ruta llena de ocasiones perdidas despliego mi infinitud. La ruta de adelante es un forado en mi estado; la ruta de atrás es la faja suntuosa en la que no sabía que estaba envuelto y que el viaje desenrolla y deposita por llanos, quebradas y costas. No me hago la ilusión de que el viaje será una escuela en la que aprenderé a aprovechar las ocasiones: La presencia no se aprende. Sin embargo, el viaje irá alineando en el espacio lo que yo vaya desperdiciando en el tiempo, de modo que cada ocasión perdida será, además de una cifra en un calendario, un punto en un mapa. Y la serie de lugares señalados por las ocasiones perdidas tenderá a ordenarse en mi memoria, no como una secuencia uniforme sino como si se encaminara hacia un límite. Dicho de otro modo, mi memoria, gracias al viaje, pasará de llana a ascensional. La tierra en mi memoria irá estribando mi viaje hacia una cumbre, hacia una ocasión de ocasiones que ya no podré perder. En la memoria del viajero: ¿no tiene la tierra forma de pirámide?

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